martes, 15 de septiembre de 2009

El atropello

Son las cuatro de la tarde. Estoy en el cruce debajo de mi casa rodeada de adolescentes que han salido ya de clase. Todos esperamos a que nuestro semáforo se ponga verde cuando, de repente, una persona sale volando por los aires.

Dentro del coche culpable un señor bastante mayor, de ochenta y muchos, se ajusta las gafas. Debería haber frenado antes, pensará. Alargamiento del tiempo de reacción lo llaman en la autoescuela.

Fuera del coche, silencio absoluto. Durante varios segundos la calle se queda quieta y muda como esa dinámica de improvisación en teatro en la que la escena se congela para pasar a otra completamente diferente. Hoy también se ha pasado a la acción pero, desgraciadamente, esto no es ficción, es la vida misma, y el escenario no cambia.

Enseguida acuden varias personas a atender al que está tirado en la carretera. Entre el corrillo que se ha formado, hay una niña en el suelo llorando.

Decido subir a casa. Somos demasiadas personas mironas que estorbamos. Al alejarme veo llegar a la policía y desde mi ventana, oigo la ambulancia.

Todo por un despiste. De un señor de ochenta años. Al volante.
En Bélgica no hace falta pasar ningún tipo de control psicotécnico para renovar el carné de conducir.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Y qué le pasó al atropellado?

Lna dijo...

Pues... no lo sé. Pero cayó desde varios metros de altura.
Increíble: esta mañana ha habido otro accidente. Ese lo he oído desde casa y desde mi ventana he viso todo el percal. Mi calle está gafada.

mahria dijo...

ayayayyy

con mil ojos