miércoles, 31 de marzo de 2010

¡Qué día el de aquella noche!

¡Mira como cae!
Son las 12:57 de la noche. Fuera, un torrente de agua baja por las escaleras de emergencia (¿dónde ira con tanta prisa?) formando mini cascadas. La calle ahora es un río que arrastra bolsas de plástico y alguna suela de sandalia.
Dentro, el charco que ha aparecido en mi cuarto se ha ido de excursión hacia el salón. Jamás he visto llover asi. Esto supera incluso la última tormenta que vi hace unas semanas porque a lo de esta noche se le suman truenos y relámpagos que hacen que por unos segundos se haga de día.

martes, 30 de marzo de 2010

Tentando a la suerte

La conversación del otro día giró (hasta caer redonda) en torno a la seguridad en las ciudades. Fuimos sumando experiencias más o menos dramáticas propias o ajenas. En mi intervención narré mi anécdota ambientada en esta antigua colonia portuguesa donde no se recomienda salir sola por las noches. Mujer blanca (o tostadita) es carne de cañón.

Hace dos viernes no demasiado tarde pero ya con la luna luminosa como un farol, salimos de la Feira Popular con intención de seguir hacia el bar Gil Vicente en la Baixa. Zona chunga. Desde donde nos encontrábamos hasta nuestro destino había 200 metros. Es decir, cinco minutos que para mí lo natural, por la cercanía y por el buen tiempo, habría sido caminarlos. Pero por no arriesgar lo más recomendable era esperar a un taxi. Aún así nos planteamos: ¿Nos la jugamos? ¿Vamos de guarda a guarda y tiro porque me toca?
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La profesión de guarda en Maputo es muy habitual. Uniformados, los de seguridad suelen estar dotados de una silla de jardín, un walkie talkie, esposas y porra. Su función no es la de vigilar y cuidar una casa, sino una familia por lo que en edificios con muchas viviendas, pueden llegar a reunirse varios y entretenerse mutuamente. Si trabajan solos puede pasar que si no pasa nada, se aburren y se les descubre echándose una cabezada. O puede ocurrir que vean a dos chicas corriendo por la calle y que éstas se acerquen para pedirles que si por favor pueden acompañarlas a subir ese tramo lúgubre pues ya saben que a estas horas…

viernes, 26 de marzo de 2010

Siete pisos de prevención

El 23% de la población de Maputo vive con VIH.

Soy 0% forofa de los porcentajes. Voy a ponerme un ejemplo a escala reducida. Es decir, que si estoy cenando con un grupo de cinco personas, una de ellas y dos piernas de otra sufrirían este virus.

A prevalencias elevadas, prevención de siete pisos.
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*En el cartel: ¿Qué tuviste en tu última relación sexual? ¿Amor, placer o... VIH?

lunes, 22 de marzo de 2010

Gaza (de nada)

Rememorando a Miguel Delibes, a las cinco últimas horas que pasa Carmen con Mario en la novela, y a su tiburón rojo (el coche del amante), por conexión lógica de ideas comenté ayer: Para tiburones con el que nadé yo el miércoles pasado, ¡ea!
Pero la historia que quiero contar no empieza así sino...

¿Cargo la batería de la cámara aunque no esté gastada del todo? No, se puede viciar, pensaba con una mitad del cerebro mientras con la otra repasaba el abasto: bolsa de doritos, la linterna que no necesita pilas, una garrafa de cinco litros de agua mineral, el montón de lápices que me dió Mike para regalar (para su tranquilidad adelanto que han acabado en manos del profesor de un colegio rural), las zapatillas grises que heredé de Anux (con las que me paseo cual autóctona por Maputo ya que los agujeros de mis suelas no desentonan), etc. Con la cremallera del macuto acabé de cerrar el etcétera, instalamos todo en el maletero y salimos de Maputo.

La primera noche de nuestra estancia en la provincia de Gaza (de nada) la pasamos en Chókwé, ciudad que hasta hoy me daba por llamar Chewaca o Chuky. Parece mentira. A pesar de todo lo que me gustan estas palabras que suenan a indio como maracuyá, Malongane, Quissiquixi, Memba, Muecate, y tantas otras, me cuesta muchísimo aprenderlas. Lo cual puede provocar situaciones como cuando unas mujeres en medio del campo con toda la generosidad del mundo me ofrecieron probar su comida (xima con vaca). El diálogo fue:
- ¡Hola! ¿Quieres un poco?
- Y yo con super sonrisa, en vez de decir, No, gracias, que en shangana sería No, kanimambo, gritando A PLENO PULMON dije: ¡No, chamuça! (¡No, EMPANADILLAS!)
Desde Chókwé subimos al Parque Natural Limpopo llamado así por el río sobre el que Nelson Mandela comentaba: da vida a animales y las plantas sin preguntarles su nacionalidad ya que además de pasar por Mozambique, cruza Sudáfrica y Zimbabue. Cada uno de estos países ha donado tierras para crear un enorme espacio reservado a fauna y flora.

Uno de los motivos para abrir fronteras entre los parques ha sido la excedencia elefántica del Parque Kruger (el sudafricano) que estaba acabando con fuentes de alimentación de otros mamíferos. Y una de las consecuencias es que ahora los elefantes se menean a sus anchas por el Limpopo arrasando con todo, incluidas las comunidades que viven ahí. Algunas han sido desplazadas pero aún quedan poblados en el interior como es Macavene. Y es aquí donde pasamos la tarde y la noche. Lo hicimos junto al Señor, digamos, Isaac, sus dos mujeres y sus doce hijos. Ha sido como estar dentro de un documental pero sin apenas documentación gráfica. Al estar yo empeñada en no viciar ni una pizca la batería, la cámara se me apagó tras la primera foto y, en aquel lugar sin electricidad, tuvo que quedarse sin salir de su funda. Un trasto sin energía. Totalmente inútil.

Nos enseñaron la escuela, la iglesia, el campo de fútbol y la barraca. Unos kilómetros más arriba, fuimos testigos del lobolo, la celebración previa de una boda en la que se constituye la dote. El paso de las horas y los litros de celebración habían hecho que los ojos de los hombres cobraran el rojo del piripiri. Sin embargo, el novio, de unos dieciocho años, aún no había salido de la casa y el único rastro de la novia eran las ocho vacas y el buey que habían ofrecido por ella.

A la vuelta a la comunidad donde íbamos a instalar nuestra tienda de campaña, las cinco mujeres nos pusimos a cocinar. Los hijos (chicos) siguieron jugando y los hombres se quedaron sentados, costumbre que, viniendo de España, no me resultó extraña. Sí que me chocó la ausencia de un mínimo de disimulo por su parte. Colocaron las sillas como si fueran gradas a mirar sin ni siquiera moverse para traer los troncos y hacer el fuego. De eso se ocupó la niña de 8 años.

La cena estuvo surtida de arroz y pollo con verduras, y la sobremesa, de historias y chistes que no acabé de pillar. De repente, se levantó un poco de viento y cayó del cielo un escorpión que salió disparado hacia donde estaban los niños jugando. Entonces me puse a pensar que todo en esta naturaleza es salvaje. Lo excepcional para mí, es lo cotidiano para ellos.

Al día siguiente acompañaríamos a unas mujeres a pescar en los charcos del río Shingwedze. Pasamos bajo enormes telas de tarántulas peludas de las que prefiero no saber el grado de toxicidad de su veneno, vimos árboles destrozados por el paso de elefantes y nos señalaron una huella de un león. Y ahora llega el momento de hablar del tiburón. ¿En un río seco? No, esto había ocurrido cinco días antes.
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Me había unido a lo que llaman safari marino por el Océano Índico cuando divisamos un tiburón de tres o cuatro metros. Y como quien pregunta al dueño Oiga, ¿su perro muerde? pregunté al conductor de la lancha:
- ¿Hay peligro de ser atacada?
- No, tranquila, están bien alimentados.
En un país donde una simple picadura de mosquito puede obligarte a guardar cama durante varios días, un escorpión tumbarte de por vida (de por muerte) o donde puedes cruzarte con el rey de la jungla en un paseo mañanero, todo acaba normalizándose.
- Ah, bueno. Entonces... ese bicho con dos filas de colmillos y fuerza sobrenatural en sus mandíbulas se trata de un lindo pececito, ¿no?
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Dejé mi mente en blanco, me ajusté las gafas de bucear y salté al agua con el resto de nadadores.

lunes, 15 de marzo de 2010

Ahora, una uña del pie



Esto no es árabe. No es ninguna lengua coherente más que en la inventiva de una niña de cuatro años (cuatro para cinco, me dice) que no solo ha rellenado cuatro páginas con su insólita caligrafía sino que luego nos ha sentado y nos ha contado una historia interminable de príncipes y sirenas, de viajes y zumo de mango. Nosotros mirábamos sin dar crédito a la labia de la menina.



Otra niña de su quinta se emociona al ver su tremenda tarta de cumpleaños implorando a su madre que no corte el traje de la Barbie (hecho de crema tan empaggggosa como la muñeca) ya que la puede matar.



Y un tercero, con su garfio y su loro colgando, se disfraza de pirata y, después de estar toda la tarde navegando, luchando contra tiburones, abordando barcos y encontrando tesoros, le mandan a la cama. Ahí comienza la hora crítica: la de dormir y la de todos los males. Entonces y solo entonces le duele una pierna (la de palo). Luego, tiene mucha sed porque tragó mucha agua salada en alta mar y quiere un vaso de agua fría. A continuación, pide un beso de mamá pirata. Y, cuando parece que ya se han agotando las excusas para descansar hasta el siguiente día, se le ocurre una nueva. ¿Qué quiere ahora? En su travesía se rompió una uña del pie y necesita que se la corten. Ese es el colmo de un pirata.

lunes, 8 de marzo de 2010

Corte de aleta

Ponta do Ouro es la punta de Oro que recoge Mozambique por el sur. El último obrigado antes de dar las thank you.

¿Quieres ir a nadar con delfines? Vale. Digo vale porque he oído decir que son simpáticos, que no dan coces y que no pican. Además, pone en el panfletillo que es una experiencia que me cambiará la vida (doy por hecho que a mejor.)

Nos proponen a las ocho o a las seis de la madrugada. Venga, un día es un día. Contad conmigo para las seis.

Bajamos a las ocho y media a la playa donde nos tiene lugar una breve charla que consiste en pautas para no caerte de la lancha motora, cómo subir y bajar de la misma y la manera de comunicarte con estos mamíferos de 4 metros. Hay que mirarles a los ojos directamente y hacer chasquidos con los dedos y con la boca para atraerles. Esto último no lo llegué a aprender porque prefiero mantener el tubo para respirar que morir ahogada por decir hola a un delfín.

Se distribuyen aletas y gafas, y llega el momento de empujar la motora al mar para luego dar un salto en ella. Ahí empieza mi evaluación del grupo. Somos catorce personas y un perro. La del vestido de rayas no ha ayudado nada a meter la barca en el mar. La del pañuelo en la cabeza es un encanto preocupada por que todos tengamos chaleco y hueco para meter los pies. El señor con el niño, además de portugués, habla inglés y hace de traductor y guía de la zona. Y luego está el payaso o showman que, sentado cerca de los dos motores, se dedica a echarse para atrás para que le de el agua en el cuerpo serrano.

Después de media hora a lo largo de la costa, ida y vuelta, no vemos más que olas. Se me olvida por un momento que venía a ver animales acuáticos y no a dar un paseo por el mar. Dos personas se marean y empiezan a vomitar por la borda. El mar está bastante revuelto. El niño también ha dejado de reírse y su tono de piel mulato es ahora amarillo. A mí me escuecen los ojos muchísimo por frotármelos y dejarme un pegote de crema (que debería haberme extendido por la cara) y porque no para de salmicarme agua. Con lo cual, mi visión es la mitad de nítida de cuando salimos. Cuando ya no hay esperanza sino ganas de volver a la playa, alguien grita: ¡AHÍ, AHÍ! ¿Flipper? No. A mi espalda una tortuga marina encoge el cuello en el caparazón y se sumerge en las profundidades del océano Índico. ¡Borde!

Entramos a toda velocidad a tierra firme (aunque para muchos parece que el suelo se tambalea) y nos despedimos.

Horas más tarde, caminando hacia el faro, a unos metros del mismo, vemos tres delfines jugando.

¿Por qué yo no me mareé? Pues, aunque soy muy escéptica al respecto, creo que mucho tienen ver dos pulseras del equilibrio que me puse en ambas muñecas. Estoy empezando a interesarme por los beneficios de la acupuntura.

Un paréntesis

viernes, 5 de marzo de 2010

Lo que me contó Xipamanine

Al mercado de Xipamanine se llega cogiendo la Avenida Eduardo Mondlane. Es gigantesco por lo que es necesario ir acompañado de alguien que te guíe entre la maraña de tenderetes. Huele a madera. A carne. A jabón. A animal. A pescado. Se oye a The Corrs en el móvil de un joven y suena una timbila en el cassette de un señor arrugadísimo. Las arrugas, esos dobladillos que salen en el cuerpo, están en extinción. La esperanza de vida al nacer en Mozambique se sitúa en 50 años (según Estadísticas Sanitarias Mundiales del año 2008 - OMS).
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Noto un pellizco en mi tobillo. Giro mi cabeza. Nada. Miro para abajo y veo un nene de medio metro que me está tocando. Pensará de mí: pobrecita que está incolora. Me lleva a reflexionar sobre los albinos que nacen en África. Suelen considerarse lo que, ironías culturales, en España se diría tener la negra. Es común que estas personas se vean discriminadas y marginadas por considerarse portadores de una maldición contagiosa, cuando lo que sufren es una alteración congénita en la pigmentación de la piel, ojos y pelo.
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Seguimos perdiéndonos por el laberinto y una mujer comenta que quiere cortarme un rizo. Es una hechicera. Hemos llegado a la zona de brujería donde se pueden adquirir patas de rata, cráneos de cabrito, pezuñas de perro, raíces de plantas retorcidas, botes con polvos mágicos, colas de lagarto, cajitas con tuétano y un etcétera de mago de película.
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Antes de salir de uno de los mercadillos más grande, completo y peculiar que jamás haya visto, nos llevamos tomates y berenjenas por la mitad de meticales que en el centro de la ciudad. Y una capulana (o tela de algodón) a un precio não-negociável.
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La última imagen que veo, ya en la chapa, es la de una niña en edad de gatear sentada en una montaña de carbón y jugando con un trozo de espejo roto. A 30ºC, se me hiela el estómago.

jueves, 4 de marzo de 2010

Introducción a la chapa



La chapa no es únicamente el material con que construyen el tejado de viviendas de gran parte de la población de Maputo y, por extensión, de Mozambique, sino también el nombre que reciben los autobuses, generalmente minibuses, de cinco filas con tapicería destartalada y con la puerta más tiempo abierta que cerrada. Constituyen el medio de transporte público más utilizado del país.



En su interior van encontrando su lugar tantos viajeros como espacio disponible haya. Sentados en el asiento, sentados en el que está sentado en el asiento, de pie, en horizontal o levitando. Como decía Georgie Dann: cachete con cachete, pechito con pechito y ombligo con ombligo. Y así se viaja. Envasado al vacío.



La que cogí ayer parecía un partybus, como tantas otras. Estuve con el reage tón tón tón pegado a la oreja durante la media hora de tramo que recorrí. Al menos aprendo la lengua a través de la música. Porque, eso es otra. Uno no se sube a una chapa. Las chapas se apañan (apanhar = pillar). Y es que al final este portugués no es que sea difícil pero me lo invento. Por ahora, sin hacer ni caso a la gramática o reglas generales del idioma, mi táctica consiste en hablar español pero comiéndome las consonantes, utilizando la nariz para producir sonidos, y añadiéndole un acento cantarín que, como de costumbre, me sale agallegado. Parece que funciona.
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Introducción a la chapa: uno se introduce como puede y si le taponan la salida, grita, canta una marrabenta (expresión musical local) o, en su defecto, recurre a otra vía de escape más a mano. Aquí uno aviva su ingenio.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Kruger Park

La operación salida del viernes coincidió con un chaparrón nunca visto (por mí, claro). En un cruce de la avenida 25 de Setembro, nos quedamos bloqueados los coches que veníamos de todas las direcciones.
Un chico, voluntariamente, bajó de la chapa y actuó de guardia civil. Solucionó el colapso como quien deshace un nudo irreversible de una cadena de plata. La paciencia, la canción del ratón vaquero y tener un pasaporte diplomático agilizaron mucho el resto del viaje, y en especial, el paso por la aduana.

Esa noche en Komatipoort, para ir entrando en materia, cenamos carne sudafricana de buena fama y de mejor sabor. Los días siguientes tuve cierto sentimiento de culpabilidad al ver cómo me miraban los animales como en aquel episodio en el que un cordero suplica a Lisa Simpson No nos coooomas. Pasamos dos días observando la vida en libertad de los animales del Parque Kruger haciendo una noche en su interior para lo cual fuimos perfectamente equipados. Al kit siguiente hay que añadirle los prismáticos y la bolsa nevera:


Al llegar a la entrada que mejor venía a nuestro intinerario, al sureste del inmenso parque nacional, primera sorpresa: el río Cocodrile, se había desbordado y una parte del caudal pasaba por encima del puente. Más que puente era una pasarela al rás de la superficie del río.
Pero seguimos adelante a pesar de los cocodriles. La situación no era tan grave y habríamos perdido mucho tiempo dando la vuelta. No solo nos esperaba mucho bicho que ver dentro sino también una sabana que yo solo había visto en los reportajes de la 2 y en los libros de Ciencias Naturales de Vicens Vivens.

Sin bajarnos del coche, a excepción de las zonas permitidas (y cuando un guarda, escopeta al hombro, espontáneamente nos llevó a ver pinturas rupestres y unos cocodrilos bostezando o fardando de bocaza),vimos de todo. Existe lo que llaman The Big Five, los "peces" gordos que son el elefante, el búfalo, el rinoceronte, el león y el leopardo. Vimos los cinco. Mentira. No apareció el maldito león de los 2500 censados en toda la reserva. Y tampoco se presentó el leopardo pero sí vimos un guepardo y eso es todo un éxito ya que solo quedan alrededor de 200.
Pasaron por nuestro camino (a veces literalmente): la majestuosa jirafa, el hipopótamo juguetón, el ñú, el kudu, el impala siempre presente y siempre con la manada, la cebra de piel envidiable, el temible cocodrilo, la iguana, la culebra, el facochero hakuna matata, el babuino, el mono con pelo blanquecino cara negra y culo rosa y azul, y una serie inclasificable de aves de unos colores que no pensé que existieran más que en la caja de ceras manley.

Aprendí muchas cosas. Una de ellas, a conducir por la izquierda. Era el lugar perfecto para hacerlo porque la velocidad máxima permitida era 50 kilómetros por hora y siempre se circula más despacio. Otra, el arte que tienen los animales y las plantas de mimetizar. Las escamas de la culebra se parecen al tronco de la acacia. Las termiteras se confunden con la piel de algún mamífero tumbado. Las rocas grises, con el lomo del elefante. Las ramas secas de los árboles, con el perfil de un águila. Y así vas mezclando realidad con pura invención. Pero esas alucinaciones dejan de serlo cuando los prismáticos te acercan a la verdad que aunque no sea lo que esperabas, como mínimo, va a ser impresionante.