lunes, 16 de febrero de 2009

IP IP HURRA por Marsella

Con Cat Stevens en el mp3, aprovecho que la cola para embarcar avanza para marcar el ritmo de la música con mis pies. El chico de delante no sé a quién lleva cantándole dentro de los cascos pero hace lo mismo. Él también se ha quitado el abrigo y lo lleva colgando de la mochila. Soñamos con poder dejarlo ahí hasta nuestra vuelta a Bruselas. ¿Dónde vamos? A Marsella.

El avión aterrizó a escasos metros del mar. Precioso. Y desde ahí un tren me llevó a la estación de Saint Charles. Al salir a la calle ví una plaza de la que me enamoré en esta ciudad costera donde más que palomas, hay gaviotas. Y palmeras. Muchas palmeras.

Allí tengo mi primer contacto con una lugareña. Después de hacer una foto a un grupo de viajeros pegados cual mosquitos a unas estufas de luz rosa y anaranjada, una mujer escondida bajo veinte mil capas de ropa, por una rendijita asoma sus ojos y de forma sospechosa me llama: Madame... Me da mal rollo y paso de largo indiferente. Ella me vuelve a llamar, esta vez: ¡Desagradable! (prefiero Madame a secas).

Los dos días que he estado allí ha dado tiempo a mucho y también a desorientarme varias veces. Pero con desorientarme quiero decir no únicamente perder el norte (y el sur) y no saber dónde está esta calle o esta plaza (¡que también!) sino además en qué ciudad y país me encuentro. Eso me pasó mirando la carta de un restaurante africano que estaba cerca de un bar cubano pintado de colores. Y eso me ocurrió incluso antes de haber consumido nada que hubiera podido perturbar mis capacidades: antes de haber probado las pastís. No es tomarse unas pastillas, pirulas, sino que consiste en una bebida de anís que perfuma muchas cafeterías. En la que estuvimos había además un futbolín donde se amontonaban las monedas de cincuenta céntimos para dar vida a los futbolistas. Estuvimos jugando hasta que mi muñeca izquierda empezó a quejarse de dolor (seguramente porque iba perdiendo con muchos goles de diferencia…) y cambiamos de lugar.


La noche continuó y acabó en L´intermédiaire con canciones buenísimas de los años 40, un concierto del marsellés Charles Baptiste (cantante cachondo y pianista pistunudo) y una banda de música de cuatro ingleses que empezaron haciendo una representación de humor inglés que solo entendían ellos. Solo se reían ellos mientas el resto del garito les abucheaba y gritaba MUSIQUUUEEEEE.
El francés me ha gustado tanto que será su música esta vez la que me acompañe en mi viaje de vuelta a casa.

1 comentario:

Le Nzzo dijo...

lo siento, pero sigo teniendo mis reticencias con marsella.

como los veteranos de vietnam o algo asi...